Cosas de. Haro.

Perdón, miren con atención la foto. La soledad del solitario embotellador, acrecentada en días lluviosos y en los fríos. En las inaguantables canículas de verano es rodeado por cuerpos acalorados y sudorosos, es agobiado, ellos sin Rexona, tampoco Lagarto y menos Lux el jabón de las estrellas. Invaden su espacio vital, tiene que estar hasta el picu, por no decir eggs en un macarrónico abuso del inglés, idioma también empleado por los hijos de la Gran Bretaña.
Pobre hombre trabajador desapercibido y vilipendiado en gestos.
Nos lo secuestran, lo tapan, esconden y no me parece bien. Es una figura que retiraron de la vista, durante las obras del edificio que le domina. Desapareció de nuestra vida por dos años.
Al envasador, pobre hombre, le ponen un monumento, arrepintiéndose al instante haciéndole mil judiadas —perdón— da pena. Es un ejemplo de la dignidad humillada.
Debemos pedir firmas para que los miniacomplejados proporcionen una humilde peana, un humilde pedestal de ladrillo de algún derribo de una misera caseta de viña abandonada.
Dignidad para las estatuas y sus gentes representadas, no podemos culparles que no se venda vino.
Son el último escalón, el primero son los propietarios de los todoterrenos de falconescrest en lindes riojalteñas.
Por cierto, un monolito, un busto, una placa de mención a don Miguel Ángel Blanco nos vendría de perillas para dar recuerdo inmenso e intenso a su recuerdo contra las agresiones fascistas. Somos hijos de una plaza recordando a un teórico del fascismo español, de tracatrá y olé.
